Miguel Los Santos Uhide
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Cataluña, siglo XXI: La historia se repite (Azorín, 1923)

Libros y artículos
Azorín: El chirrión de los políticos
Madrid, 1923



Capítulo IX

     EL PARLAMENTO

     La sesión se abre a las tres y media. Dura cuatro horas. La primera hora está destinada a ruegos y preguntas. A esta hora hay pocos diputados en el salón. El ambiente es plácido.
     En el pasillo central van y vienen algunos diputados en espera de que comience la tarea; se hallan con ellos los periodistas encargados de la diaria información.

     - ¿Va usted a hacer ahora una pregunta? —le dicen a uno de los diputados.
 
     - Sí —contesta éste—; quiero preguntar algo al ministro de la Gobernación. — ¿Es algo de cuidado?

     - ¡Es un atropello terrible! Figúrese usted que...

      En este momento pasa rápidamente otro diputado, coge del brazo al que estaba hablando y se lo lleva hacia una de las puertas del pasillo.

     - ¿Ustedes saben —dice un periodista— lo que va a preguntar ese señor?

     - ¡Alguna simpleza! —exclama un compañero.

     Los timbres llamando a sesión comienzan a sonar. Aparece otra vez en el pasillo el diputado que va a preguntar. Hace su aparición, precedido de los maceros, el presidente de la Cámara. Viene detrás el ministro de la Gobernación. Al ver el ministro al diputado preguntante, le dice:

     - ¿Va ahora eso?

     - Sí —contesta el interrogado—; allá voy.

     Entran todos en el salón.
     Comienza a hablar el diputado aludido. Se trata de un cartero de Val de Póziga, con diez años de servicios, que ha sido de pronto declarado cesante. El hecho es verdaderamente escandaloso. ¿Cómo explica el ministro esta arbitrariedad? ¿Qué justificación tiene este abuso de la fuerza?
     El ministro de la Gobernación se levanta a contestar. Lo primero, elogia la buena fe, la sinceridad, la corrección del diputado ("su querido amigo particular") que acaba de hablar. Pero el hecho denunciado merece una consideración especial. El ministro desconoce los hechos en absoluto. No duda del relato que acaba de hacer el digno diputado señor Fulano; pero el ministro ha de ponerse en antecedentes para poder decidir acerca de una tan grave resolución.
     El diputado preguntante se levanta otra vez a hablar. Insiste en el relato de los hechos que acaba de referir. Narra minuciosamente otra vez todas las circunstancias de la vida del cartero de Val de Póziga. Se trata de un funcionario honradísimo; varios vecinos del pueblo han atestiguado que el dicho empleado de Correos... (Aquí un largo relato de cosas que los tales vecinos han dicho). El orador termina haciendo algunas consideraciones sobre el servicio de Correos en España y en el extranjero.
     Y vuelve a levantarse el ministro. Tomando pie de las últimas frases pronunciadas por el orador, el ministro hace un rápido examen del servicio de Correos en España y del servicio de Correos en el extranjero. Pero el ministro, al hablar del servicio de Correos en España, ha hecho mención de un libro publicado en Barcelona sobre las Comunicaciones y la Mancomunidad, y en este momento, un diputado catalán, representante de los nacionalistas, pide la palabra. Y cuando termina el ministro, el diputado catalán pretende hablar, pero el presidente de la Cámara se opone a ello terminantemente.

     - ¿Para qué quiere su señoría la palabra?

     - Para una alusión personal.

     - El señor ministro de la Gobernación no ha aludido, ni de cerca ni de lejos, a su señoría.

     - Perdone el señor presidente; el señor ministro de la Gobernación acaba de hablar del libro Las Comunicaciones y la Mancomunidad de Cataluña; ese libro lleva un prólogo mío; el señor ministro al hablar de los servicios de correos en España, servicios que todos aplaudimos, servicios prestados por funcionarios que merecen todos nuestros respetos, pero servicios que dicho sea en honor de la verdad, y aquí en este recinto debemos decir toda la verdad, porque si no la dijéramos, el país que nos contempla a todos...

      El presidente agita nerviosamente la campanilla y grita:

    - ¡Pero señor Fulano, estamos en una pregunta del señor Zutano sobre destitución de un cartero! Yo ruego a su señoría que desista de su intervención parlamentaria...

     El diputado catalán contesta airado, violentamente:

    - ¡Señor presidente! ¡Estoy ejerciendo un derecho que me concede el reglamento! ¡Esto es intolerable!

     El tiempo ha ido pasando. Se ha llenado de diputados el salón. A las voces del presidente y del diputado catalán, han entrado precipitadamente en la tribuna de la prensa los periodistas.
     Se presiente un gran escándalo. Los ánimos comienzan a enardecerse. Se ve que se puede plantear un borrascoso, sensacional debate.
     El presidente de la Cámara insiste en negar la palabra al diputado catalán. Pero han llegado sus compañeros de minoría —diez o doce diputados más— y se preparan a apoyar enérgicamente a su camarada. Al día siguiente, en Barcelona, se ha de celebrar una manifestación en memoria del héroe Casanovas. Los diputados catalanes han de salir esta tarde para la gran ciudad. Les conviene promover un escándalo formidable que avive y apasione los ánimos en Barcelona, y haga que una muchedumbre inmensa salga a esperar a los diputados y acuda luego a la manifestación. (Además, el Gobierno tarda en conceder seis millones más que se han pedido para la Exposición de Industrias Marítimas de Barcelona, y los catalanes quieren hacerle la forzosa al Gobierno.) El presidente se niega a conceder la palabra al diputado catalán. Parte de la Cámara —la mayoría parlamentaria— apoya al presidente; las izquierdas secundan la actitud de los diputados catalanes. Cada minuto que pasa el estrépito de voces, golpazos, interrogaciones, gritos, es mayor. Se ha avisado al presidente del Consejo, que entra en el salón precipitadamente. Se ve cómo, ante la negativa del presidente de la Cámara a dejar hablar a los catalanes, éstos están preparando una proposición incidental de censura al Gobierno. Han firmado la proposición algunos diputados socialistas y republicanos. Pero el presidente del Consejo se levanta a hablar.

     - Señores —dice el presidente—: lamento en el fondo de mi alma que la Cámara haya llegado a un grado tal de excitación por un motivo tan nimio...

     Pero los diputados catalanes interrumpen, vociferando, al presidente, poniéndose todos de pie.

     - ¡No, no! ¡Por una cuestión de dignidad! ¡De dignidad para Cataluña!

     El presidente del Consejo, tranquilamente, con suavidad, añade sonriendo:

     - ¿Por una cuestión de dignidad? ¿Por una cuestión de dignidad para Cataluña la destitución del cartero de Val de Póziga?

     Estas palabras del presidente del Consejo y su apacible sonrisa son tomadas por una provocación intolerable, por una burla para los diputados catalanes. Se promueve un vocerío espantoso. El presidente de la Cámara quiere cortar el incidente y anuncia que, habiendo terminado las horas destinadas a ruegos y preguntas, se va a entrar en el orden del día. Y entonces es cuando, puestos en pie catalanes, izquierdistas y monárquicos de la oposición, protestan a voces contra la decisión del presidente de la Cámara. Se está debatiendo algo que afecta a la dignidad de una de las minorías de la Cámara; todas las demás minorías se creen obligadas a defender el derecho de sus compañeros.
     De repente, a un diputado de la mayoría se le ocurre gritar: "¡Viva España!" Y a este grito contestan los catalanes y los izquierdistas con vociferaciones terribles, iracundas. Ya está en pleno parlamento la cuestión del patriotismo. La ira enciende todos los ánimos. De la tribuna de la prensa salen gritos que se acuerdan con las voces proferidas en el salón. Un diputado de la izquierda ha replicado con unas violentas palabras al diputado que gritara "¡Viva España!" El que ha dado este grito, por toda respuesta baja precipitadamente de su escaño y atraviesa el salón con el bastón en alto; intenta bajar a su encuentro, también, el diputado socialista; grupos de uno y otro bando se apiñan en torno a los diputados. La confusión es enorme. El escándalo es de los más grandes de nuestro parlamento. El público de las tribunas discute a gritos. En medio de la tremenda baraúnda, el presidente de la Cámara agita la campanilla y levanta la sesión...
     Al día siguiente se celebra en Barcelona una manifestación formidable y tumultuosa. La fuerza pública acomete a la multitud. Hay dos muertos y veinte heridos. Todos los periódicos de España claman luego airados contra la "barbarie" y la "torpeza" del ministro de la Gobernación. Se publican violentos artículos sobre la cuestión catalana. Se discute calurosamente sobre el patriotismo. Se habla de crisis. Se produce la crisis. Hace cosa de un mes la señora del presidente del Consejo ha perdido en la calle un perrito. La señora del presidente adora a este perrito. Uno de los contertulios de la casa, senador vitalicio, recorre afanosamente todo Madrid en busca de la adorada bestezuela. y la encuentra. La señora del presidente, agradecidísima, entusiasmada, ansía hacer ministro a su amigo. Se aprovecha la primera coyuntura para una combinación ministerial. Sale del Gabinete el ministro de la Gobernación.
     Algunos días después, en el Casino, el diputado que hizo la pregunta en el Congreso y varios amigos suyos comentan la crisis.

     - Lo curioso del caso —dice el diputado— es que el cartero de Val de Póziga, que fué destituido, lo fué por haber sustraído varias cartas del correo a instigación del cacique que yo tengo en dicho pueblo.

     - ¡Qué enormidad! ¿Y usted lo sabía?

     - Lo sabía; pero no tuve más remedio, para complacer al cacique, que hacer la pregunta al ministro; el ministro lo sabía también. Yo estuve por la mañana en su despacho y convinimos amigablemente en lo que yo había de decir y lo que había de contestar él... ¡Y ya han visto ustedes!








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