Miguel en la escuela
Miguel Los Santos Uhide
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Iparraguirre, José Mª. (bardo)

Escritos sobre música > TEMAS GENERALES > Iparraguirre, José María (bardo)


IPARRAGUIRRE
Y
EL ÁRBOL DE GUERNICA

BIBLIOTECA BASCONGADA DE FERMÍN HERRÁN
TOMO II
B I L B A O
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Imprenta de la BIBLIOTECA BASCONGADA
Müller y Zavaleta, Gran Vía 24
1896





   ¡Hermoso día el de hoy para las Provincias Bascongadas!
   Veinticuatro horas robadas a las agitaciones, a las luchas, a las miserias de la vida, que rebajan la mente y envenenan el corazón, para consagrarlas al recuerdo, al amor, al culto del arte, que elevan el espíritu y purifican el alma!
   Aun dando de mano, por ahora, a la excepcional importancia que este acontecimiento encierra, desde el punto de vista artístico y regional, bastaría la circunstancia de hallarnos aquí reunidos en fraternal comunión de ideas, palpitando nuestros corazones al unísono ideal del sentimiento, para ensalzar un acto que de tal modo une a los desunidos de la tierra, y les lleva a celebrar, conmovidos y entusiastas, el triunfo de un genio del país.
   No creáis que exagero al elevar a tales alturas a José María Iparraguirre. Si por genio se entiende al hombre superior a la generalidad de los demás por sus facultades intelectuales; si por genio se entiende la fuerza innata que crea, dirige y organiza, llegando, a impulsos del talento, a lo ideal en artes, en ese caso sería absurdo colocar a Iparraguirre en tan privilegiado lugar.
   Pero, si la virtualidad del genio reside en la inspiración que se desarrolla por un instinto especial, por una gracia divina; si la virtualidad del genio reside en la exquisita percepción de la forma, en la sensibilidad del espíritu, en una maravillosa disposición natural que realiza por encanto los mayores prodigios y descubre, sin aparente esfuerzo, tesoros de belleza artística, en ese caso, yo me atrevo a afirmar resueltamente que la inauguración de la estatua de Iparraguirre representa hermoso testimonio de admiración y cariño que rendimos todos a un genio inmortal.
   Y lo grande, lo extraordinario es que, para hacerse digno de tan elevado título, ha bastado a José María Iparraguirre una obra, una tan sola, que quedara como monumento imperecedero de su fama y transmitirá su nombre, envuelto en glorioso nimbo, a las generaciones venideras: Guernikako arbola.
   Bien sabe Dios que quisiera ser el llamado a relatar la historia del poeta y del músico; pero tengo forzosamente que renunciar a esa tarea, y temo suceda lo mismo a quien se atreva a emprenderla mañana.
   ¡La historia de Iparraguirre! Quién la sabe? Quién es capaz de contarla? Hay alguien capaz de escribir la biografía de un pájaro? Hay alguien capaz de seguir las evoluciones del ave, en los torbellinos de un vuelo desquiciado; de señalar las ramas donde se posó, los arroyos donde apagó su sed, los aleros bajo los cuales se cobijó en días de tormenta, las distancias que recorrió, empujada por la brisa o contrariada por el vendaval, los nidos que visitó, los cánticos de alegría que lanzó al aire, perdida en las alturas del espacio, ebria de libertad y de sol, y los quejidos de amargura, exhalados en tenebrosa noche, mudo el pico y arrastrando el ala, vencida por la vejez precursora de la muerte?
   Tal fue Iparraguirre, ave audaz, desordenada, medio loca, que salió del nido materno a los trece años y emprendió su vuelo fantástico a través de la vida, despreocupado de todo, ignorándolo todo, con el culto de la patria por escudo, abrazado a una guitarra como amante inseparable, artista sin freno, aventurero colosal, que cantó ante el mundo entero y tuvo el mundo por escenario.
   No me ciega la pasión al expresarme de tal manera. Si el público de Iparraguirre no fue siempre brillante; si su nombre no dejó huellas en las diversas naciones de Europa que atravesó rápidamente el músico poeta; si el reclamo lo despreció, fue porque la naturaleza del artista, naturaleza burda, ordinaria, primitiva como pocas, pero independiente y honrada quizás como ninguna, era refractaria a los oropeles de la vanidad.
   Cantaba por cantar, y cantaba para comer. Mendigo del arte, pordioseaba con grandeza, y ni había en su pedir la porfía obstinada del pobre de profesión, ni la miserable humildad del vergonzante desdichado.
   De vez en cuando, la grandeza del alma despreciaba el propio infortunio y acudía presurosa al alivio del infortunio de los demás.
   Hallábase Iparraguirre en Londres, sin recursos, viviendo a salto de mata, cuando, vagando una noche por las calles de la gran capital, llamóle la atención una voz que salía quejumbrosa, plañidera, de un café cantante.
   Entró en el establecimiento, y divisó entre la humareda de las pipas y la atmósfera cargada del café, a un infeliz que rasgueaba una guitarra y cantaba cruelmente, en reducido escenario.
   Las desgarradoras voces del infortunado llegaban a duras penas al público, que no paraba mientes en aquella música lamentable.
   Terminado el acto, hizo el cantante su colecta, y tan menguada fue, que al retirarse el pobre músico, inundó el llanto sus ojos y quedaron bañadas en lágrimas las pocas monedas de cobre que entregara la compasión.
   Iparraguirre, que había seguido paso a paso la escena, levantóse de su asiento, y abriéndose lugar entre los apiñados concurrentes, subió al escenario, empuñó la guitarra, sacudió, como un león, su melena admirable, irguióse delante del público, y fijando en éste sus ojos de águila, reclamó el silencio con imperiosa señal.
   A la vista de aquel hombre extraño, robusto, fornido, de atléticas espaldas, duro entrecejo, frente ancha y deprimida, nariz aguileña, luenga y sedosa barba, y abundante y hermosísima cabellera que caía sobre los hombros en rizos de una coquetería y de una elegancia femeninas, encuadrando la cabeza con fiereza y majestad dignas del Moisés de Miguel Ángel; a. la vista de aquel ser fantástico, cuya mirada fascinaba e imponía, con durezas de bravucón y dulzura de apóstol, hubo en la muchedumbre un movimiento de admiración, seguido de religioso silencio.
   Iparraguirre cantó; cantó con voz estentórea, con fuego y pasión irresistibles, El árbol de Guernica. Y aquella música majestuosa, aquella melodía llena de penetrante unción, cantada en extraño idioma, incomprensible para todos, cayó como una ola sobre la asombrada concurrencia, que se levantó electrizada, y prorrumpió en aplausos y aclamaciones.
   Después del Guernikako arbola, cantó Iparraguirre otro zortziko, y otro después, y después otro; y enardecido por los vítores, agotó su repertorio, en un ambiente caldeado por entusiasmos frenéticos; hirvió su alma al contacto de aquella reciprocidad popular, y, convertidos en bascongados los ingleses, vaciaron sus bolsillos en la boina del poeta.
   Iparraguirre se dirigió entonces al escenario donde el pobre cantante había permanecido lleno de asombro al contemplar aquella aparición.
   Y vertiendo el contenido de la boina en el sucio sombrero del inglés, saludó Iparraguirre al público y desapareció. El inglés llevaba en su sombrero, pan para sus hijos, hogar para toda la familia.
   El bascongado erró quizá aquella noche por las calles de Londres, durmió al raso y se murió de hambre.
   Este rasgo del carácter de Iparraguirre, rasgo que he recogido por ahí, al azar como hay que recoger cuanto se refiere a su vida, revela la belleza de un alma indómita, sí, desordenada y fuera de toda regla de equilibrio y de orden, pero grande siempre, grande hasta en sus constantes extravíos.
   Quien como Iparraguirre recorrió el mundo con una guitarra, enseña viviente del lema de Lutero, que preconizaba el amor al vino, al canto y a las mujeres, sin noción de sentido moral, no podía someterse a las leyes por que se rigen los seres que tienen un hogar, una familia, principios que respetar, enseñanzas que propagar, necesidades a que atender.
   Y no podía hacerlo aquel que debería pasar a la posteridad con el título de «El Gran Arlóte», como decimos gráficamente en bascuence, y se llamaba a sí mismo el famoso poeta.
   Gran arlóte, en efecto, dechado de despreocupación, de abandono, de indolencia, de dejadez, que bebía, cantaba y amaba, sin dar importancia al acto y mucho menos a sus consecuencias.
   Si es verdad, como el adagio popular lo afirma, que este mundo es un fandango y el que no lo baila es un tonto, puede asegurarse que Iparraguirre se lanzó desenfrenado al baile de la vida, hasta que, torpes las piernas y anquilosadas por la vejez, harto de placeres continuos, tuvo que dar fondo en su villa natal y apagarse allí, en reducidísima estancia, rodeado de modesto ajuar, compuesto de un catre, un baúl y una guitarra.
   De ahí arrancan todas las incoherencias, las fantasmagorías todas de de su existencia de aventurero, que comenzó con la célebre escapatoria al campo de los carlistas, durante la primera guerra civil.
   Tenía entonces Iparraguirre diez o doce años, y acudía puntualmente a la escuela municipal de Villarreal de Urrechu.
   Salió de su casa un día, a la hora acostumbrada, diciendo a su madre:
   —Hasta luego; voy a la escuela.
   Y marchóse al campo carlista, donde ingresó como alabardero de Carlos V.
   Terminada la guerra, fue a París, y hay quien afirma que, enamorado de una cantante francesa, y enamorada ésta a su vez de las admirables facultades vocales de Iparraguirre, aprendió de ella la poca música que sabía el bardo, y se dio a conocer como cantante, llamando su voz de barítono extraordinariamente la atención.
   Por testimonio de persona formal se sabe que Iparraguirre dio un concierto en San Juan de Luz, demostrando tal flexibilidad en su órgano y facilidad de vocalización tan portentosa, que ejecutó con la holgura y la maestría de una tiple ligera, el Iru damacho con variaciones. Y no debe de haber exageración en este juicio, si se considera que Iparraguirre se lanzó entonces a sus correrías artísticas en compañía de la guitarra, y recorrió Europa dando conciertos.
   Cuando regresó a la patria y llegó a Bilbao, pobre el bolsillo como cuando se fue, y triste el alma, tras prolongada ausencia, atacóle inmensa nostalgia filial, hizo presa en él deseo ardiente, vehementísimo, de abrazar a su madre.
   No la había visto hacía doce años, desde que se despidió de ella para asistir a la escuela de Villarreal.
   Dio un concierto en Bilbao, y con sus productos encaminóse a Madrid, donde la anciana residía.
   La madre de Iparraguirre vivía en la Corte, en mísera buhardilla, mantenida por la caridad. Almas piadosas mandábanla restos de comidas y limosnas en efectivo, con las cuales pagaba el alquiler de aquel lugar insalubre.
   Y aquella mujer necesitada y pobre, que vegetaba al amparo de las dádivas ajenas, recogía todavía en su desmantelada buhardilla a los bascongados sin pan ni lecho, y compartía con ellos los menguados restos que mandaba la caridad.
   Averiguó Iparraguirre el paradero de su madre, subió jadeante las escaleras, paróse en la puerta y llamó.
   Giró la puerta, apareció en su dintel la propia madre del bardo, fijó en ella Iparraguirre sus ojos amantísimos, abrió los brazos para estrechar en ellos a la anciana; pero una mirada severa, terrible, inexorable de ésta le detuvo.
   Al ver a su hijo, después de una separación de doce años, la madre le contempló breves instantes. Y sin que un músculo de su fisonomía se moviese, grave, inflexible, feroz, cruzó los brazos, y mirando de hito en hito al vagabundo, exclamó:
   —Joshe Mari! Au alda eskolatik etortzeko orduba? (José María, es hora esta de venir de la escuela?)
   Palabras dignas de una espartana y que revelan un alma templada en la salvaje moralidad de los antiguos euskaros.
   Al escuchar aquella pregunta, Iparraguirre bajó los ojos, asustado ante la inesperada acusación.
   Cuando los levantó, preñados de lágrimas, como niño arrepentido que implora perdón, vio los brazos de su madre, grandes, abiertos, que lo llamaban a su seno, y arrojóse en ellos, y los dos pechos se soldaron, y el ambiente de la mísera buhardilla se purificó con el llanto del amor!... Llego ahora a la parte más importante, a la hora suprema de la vida de Iparraguirre, al solemne momento que representa para el gran aventurero la inmortalidad. Cuando resonaron, en fecha que no recuerdo, en las Cortes españolas, aquellos vehementes discursos de Sánchez Silva contra los fueros bascongados, discursos que azotaron el rostro de Euskaria con las violencias de una diatriba encarnizada y feroz, contestaron en Castilla las indignadas voces de Aldamár y de D. Pedro Egaña con admirables discursos, de que apenas queda hoy memoria.
   Iparraguirre, en Guipúzcoa, se levantó y contestó a su vez; contestó con voz de gigante, acumuló todas las fuerzas de su espíritu, todas las energías de su alma, y se lanzó con la potencia de sus pulmones de titán, una protesta grandiosa, gritó de amor incomparable que repitieron las montañas, se extendió de valle en valle, de colina en colina, salvando precipicios y torrentes, y quedó impreso como escudo invulnerable en el corazón de todos los bascongados: el Guernikako arbola.
   Donde la política sucumbió, venció el poeta; y la elocuencia del patricio, la sabiduría del ser culto, las disertaciones galanas, la elegante locución del orador diestro en las lides parlamentarias, tuvieron que ceder el paso a la abrupta inspiración del ciudadano oscuro, al canto prodigioso del montañés.
   La inmortalidad de Iparraguirre está ahí, en El árbol de Guernica, himno de pasión intensa, melodía de adoración, gemido grandilocuente de humildad y de esperanza, en cuya sencillez primitiva parece reflejarse el temperamento de un pueblo entero, y cuyos acentos piden al amor, que une y fortifica, lo que no puede alcanzar el odio, que divide y exaspera.
   El canto inmortal de Iparraguirre tiene eso de grande: no es el canto de la ira, es el canto del consuelo; no es la convulsión de la rabia, no es, para decirlo en términos vulgares, el derecho del pataleo.
   No; El árbol de Guernica representa algo que vuela por encima de las pasiones humanas.
   Cuando la inspiración rozó con sus alas de oro la mente del poeta, infiltró en ella el sentimiento casto, puro, inmaculado del amor.
   Y a sus impulsos surgió súbitamente el himno genial, mensajero de cariño, llamamiento generoso, aviso fraternal, sublime plegaria al leño augusto que recuerda nuestras leyendas, que guarda nuestro secreto, y a cuyos pies yace enterrado el cadáver de nuestra libertad.
   Se ha dicho que El árbol de Guernica es nuestra Marsellesa. No, no es cierto.
   Entre el canto iracundo de Rouget y el pausado himno de Iparraguirre media un abismo.
   Escuchad al primero:
       Aux armes, citoyens! Formez vos bataillons!
       Qu' un sang impur abreuve nos sillons!
   Oid el segundo:
       Eman ta zabalzazu
       munduan frutubá!
       adoratzen zaitugu
       arbola santubá!
   (Esparce tus frutos por la tierra! Nosotros te adoramos, oh árbol santo!)
   Las exclamaciones de Rouget de l'Isle son el rugido de la venganza, el toque de somatén que inclina a la guerra y pide el exterminio.
   La invocación de Iparraguirre es una tierna metáfora, el Ángelus bascongado, que llama a la concordia y reclama la paz.
   Donde el uno grita: Arriba! y a matar! el otro implora: De rodillas! y a orar!
   Rouget peleaba contra el extranjero, contra el usurpador; Iparraguirre se dirigía a su propio hogar, a sus amigos, a sus hermanos.
   De ahí viene, seguramente, ese matiz importantísimo que separa a la Marsellesa del Guernikako arbola, matiz honroso para el bascongado, timbre de gloria para Iparraguirre, cuya grandeza de alma, cuyo admirable patriotismo, aparecen consoladores y fuertes en su himno inmortal.

   (Nota) (Quién había de decir que, tres años después de leídas estas líneas en el acto de la inauguración de la estatua de Iparraguirre, habría de alcanzar Guernikako arbola inmensa resonancia en toda la nación! Los tristísimos sucesos que se desarrollaron en la capital de Guipúzcoa, en la noche del 27 de Agosto de 1893, dieron al himno de Iparraguirre un carácter de actualidad palpitante y lo propagaron, puede decirse, que por todos los ámbitos de España. Y al inspiradísimo canto euskaro se debió la terminación de aquellos sucesos que ensangrentaron las calles de San Sebastián. (Diciembre de 1893.)

   Ya lo he dicho antes, y lo repito ahora; la inmortalidad para Iparraguirre está en El árbol de Guernica.
   Registrad su obra, obra de poeta y de músico. Encontraréis en ella, pequeña como lo es y no exenta de lunares, una joya de ternura filial; el zortziko Adiós, nere biotzeko, amacho maitia! (Adiós, madrecita de mi alma!) adorable inspiración que tiene el perfume de un sentimiento infantil; y el canto Zibillak esan naute biziro egoki. (Los guardias civiles me han dicho con buenos modos), lamento humilde y resignado del preso que busca en el recuerdo de su madre consuelo a la aflicción, pensando en las lágrimas de la anciana y enjugando con ellas su propio llanto.
   Pero, con ser estas composiciones dos perlas del genio de Iparraguirre, no tienen, no pueden tener la significación de El árbol de Guernica. En aquéllas, palpita sólo el corazón del poeta; en ésta, uniéronse el poeta, el patriota y el músico, para hacer latir en unísono los corazones de todos los bascongados.
   Dos grandes amores iluminaron siempre la agitada existencia del bardo: el amor a su madre y el amor a la patria, y bastaría tan sólo el himno imperecedero que nos ha legado, para redimirle de sus constantes extravíos, para idealizar su figura, y señalarnos el camino de amor que habrá de consolidar nuestros afectos y animarnos y fortalecernos para lo porvenir.
   Iparraguirre nace hoy para la posteridad. El Ayuntamiento de Villarreal de Urrechu le ha erigido una estatua que acabamos de descubrir solemnemente.
   Gracias sean dadas a esta pobre cuanto modesta corporación municipal que tan alto ha subido al honrar el genio del poeta, y a la cual todos los hijos de Euskaria deben tributo eterno de gratitud y estimación.
   Las dádivas de amigos y admiradores han labrado a Iparraguirre el pedestal de su gloria.
   Bien hayan esos amigos! bien hayan esos admiradores!
   Su obra es grande, es bella y es útil; grande, porque eleva al pequeño; bella, porque enaltece al país al perpetuar la memoria de uno de sus hijos, y útil, porque queda como luminoso faro de amor para futuras contingencias.
   Fijad los ojos en esa estatua. No es el guerrero, no es el conquistador, no empuña su diestra ninguna arma homicida; no es el sabio, no veréis en torno suyo ningún instrumento de la ciencia; no es el artista de fama mundial, ídolo de públicos, ebrio de aplausos, rico y poderoso quizá; no busquéis en su frente el laurel, ni a sus pies la lira.
   Es el pobre hijo del pueblo, el campesino humilde, el desheredado, el paria. Calzado con toscas abarcas, vestido con el ordinario calzón, la faja de estambre y la camisa de lino del montañés, sostiene una azada su diestra mano y lleva en su izquierda la guitarra. Omnia mea mectim porto!
   Después de sus peregrinaciones por el mundo; después de su odisea errante, erizada de aventuras; después de una vida de despreocupaciones, abandonos e inmoralidades, incoherente y confusa, extraña, desquiciada y simpática a la vez, mezcla informe de extravíos odiosos y de sublimes abnegaciones, Iparraguirre descansa al fin.
   Su valle natal le ha recogido; sus amigos le han colocado en medio de las fragosidades del monte que robustecieron sus pulmones y le enviaron quizá el poder de la inspiración.
   Aquí está bien; está en nuestra casa y entre nosotros. Si somos pocos, si somos lo¿ menos, será por eso mayor nuestro cariño, y concentraremos en su hermosa y característica figura el amor a nuestra patria, a nuestras costumbres, a nuestro pueblo, a las tradiciones y a los recuerdos de nuestra raza.
   En el eterno vaivén de las cosas humanas, en el continuo tejer de la política, hoy caerá lo que se levantó ayer, y mañana surgirá lo que destruyó el pasado.
   Lo falso y convencional dejará, como siempre, paso deleznable y efímero, y el tiempo reducirá quizá a cenizas monumentos soberbios erigidos a la mentira y a la vanidad.
   Pero Iparraguirre queda para siempre; queda, porque es la verdad, el verbo del pueblo euskaro; queda, porque ha encarnado en El árbol de Guernika la santidad de nuestro duelo, la esencia de nuestras aspiraciones, la sustancia de nuestro ser.
   El himno que encierra la savia de un pueblo se oirá mientras ese pueblo exista; se transmitirá de generación en generación, como un legado del alma; predicará, con él, sueño ideal de paz y concordia universales, y quedará perdurable aureola, ciñendo la frente de Iparraguirre, con todos nuestros amores, con todas nuestras esperanzas.
   Iparraguirre es esperanza y amor. Amemos y esperemos. Nuestra cruz de Constantino está en el Guernikako arbola. In hoc hymno vinces!
   De este modo, extrayendo del recuerdo del poeta la fuerza necesaria para esperar y amar, nos haremos dignos de la obra que nos ha dejado; honraremos su memoria; propagaremos su evangelio, y conseguiremos, ¡quién sabe? que la inmortalidad de Iparraguirre sea preludio de nuestra futura redención!



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Biblioteca Bascongada
TOMO, DOS PESETAS
Esta obra llegará a formar la historia foral, literaria, artística, industrial y comercial de las cuatro provincias basco-navarras.
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ADMINISTRACIÓN, GRANVIA , 24.

Se imprimió en julio de 1896





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